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Spanish Lore
Portada del episodio 39: Las fiestas más importantes de España

Episodio 39

Las fiestas más importantes de España

Transcripción completa · 2.416 palabras · unos 16 min de audio

Hay una región de España que celebra sus dos fiestas más famosas destruyendo cosas. En una se construyen esculturas enormes durante un año entero, algunas más altas que un edificio de 5 pisos, hechas por artistas profesionales y que cuestan cientos de miles de euros. Y en una sola noche todas se queman a la vez. En la otra, 20.000 personas se meten en una calle estrecha y se lanzan tomates a la cara durante una hora.

Las dos ocurren en la misma tierra, en la Comunidad Valenciana, en la costa este de España mirando hacia el Mediterráneo. Una es en marzo y la otra en agosto. Hoy vamos a continuar explorando las fiestas de España y las dos celebraciones de las que hablaremos hoy hacen una misma pregunta: ¿por qué hay fiestas que consisten en destruir?

Así que bienvenidos y bienvenidas a un nuevo episodio. ¡Comenzamos!


Vamos al grano porque hay que empezar por el nombre, porque explica muchas cosas. Vamos a empezar por las fallas de Valencia.

La palabra falla viene del latín facula, que significa antorcha. Es decir, el nombre de la fiesta no significa ni escultura ni monumento. Significa fuego. Esto ya nos da una idea de lo que vamos a estar hablando.

Las fallas se celebran del 15 al 19 de marzo y terminan siempre el día 19, que es el día de San José. Y ese detalle no es casualidad, porque ahí está el origen. San José es el patrón de los carpinteros y la historia que se cuenta en Valencia es la siguiente.

Durante el invierno, los carpinteros trabajaban de noche y para ver lo que hacían usaban unos soportes de madera donde colocaban las velas o los candiles. Esos soportes se llamaban parots y cuando llegaba la primavera y los días se hacían largos, ya no hacía falta.

Así que el día de su patrón, los carpinteros sacaban a la calle los parots viejos, las virutas, los trozos de madera que no servían, todo lo que había sobrado del invierno y le prendían fuego delante del taller. Eso era todo, una limpieza de primavera con hoguera. Y ahora te aviso de una cosa.

Como ya hemos hecho en otros episodios, esta explicación es la que se cuenta siempre y probablemente tiene parte de verdad, pero los historiadores no están del todo seguros de que fuera exactamente así. Lo que sí sabemos con certeza es que hay documentos del siglo XVIII que hablan de hogueras en las calles de Valencia el día de San José y aquello, fuera como fuera que empezó, no paró de crecer porque en algún momento tuvo que pasar lo siguiente.

Alguien en algún barrio no se limitó a quemar los trastos. Antes de prenderles fuego tuvo que colocarlos de manera que parecieran una figura, con ropa vieja o dibujándole una cara. Y aquella figura seguramente se parecía a alguien del barrio.

Así es como nacieron las fallas de verdad, porque a partir de ese momento la hoguera dejó de ser una limpieza y se convirtió en otra cosa mucho más divertida, una manera de reírse de la gente. Y eso sigue siendo hoy el corazón de la fiesta, aunque haya crecido hasta lo inmenso o lo imposible.

Así que vamos a ver cómo es una falla actual.


Una falla es una escultura hecha sobre todo de madera y de un material parecido al cartón duro, que se pinta de colores muy vivos. No es una figura sola sino que es una escena entera, con muchos personajes, a veces decenas, colocados todos alrededor de una figura central.

Y son muy grandes. Las mayores superan los 20 metros de altura, es decir, la altura de un edificio de cinco o seis pisos y ocupan un cruce de calles entero.

Otra pregunta que nos puede surgir es: ¿quién las hace? Y aquí está lo que casi nadie sabe fuera de España e incluso lo que muy poca gente de España conoce también. No las hacen los vecinos en un rato, las hacen artistas falleros, que es una profesión de verdad, a tiempo completo, con talleres enormes en las afueras de la ciudad, gente que se dedica a eso todo el año, que ha estudiado escultura y cuyo oficio consiste en construir algo durante 12 meses sabiendo perfectamente que va a durar cinco días.

Y las paga el barrio. Cada barrio de Valencia tiene su comisión fallera, un grupo de vecinos organizado que recauda dinero durante todo el año, con rifas, cenas, cuotas y demás para pagar cada uno su falla.

Hay unas 400 en la ciudad, 400 esculturas monumentales plantadas a la vez en las calles de Valencia y, evidentemente, como era de esperar, compiten entre ellas. Hay premios, categorías y barrios que llevan décadas peleándose por el primer puesto.

¿Y qué representan estas fallas? Aquí volvemos al origen, la sátira. Satirizar es reírse de algo criticándolo. Las fallas se ríen de todo lo que ha pasado ese año, de los políticos sobre todo, pero también de los famosos, de las modas, de los precios, de los influencers o de lo que se haya enfadado la gente.

Una ciudad entera se pone de acuerdo una vez al año para llenar sus calles de estructuras gigantes que se ríen del poder de los políticos, por ejemplo, y luego se queman. Vamos a entrar ahora a los cinco días de fiesta porque tienen momentos muy concretos que conviene conocer.

El primero se llama la plantá, que en valenciano significa sencillamente la plantada. Es la noche en la que se montan todas las fallas en la calle. Los camiones llegan por la noche, se coloca todo y a la mañana siguiente la ciudad ha cambiado por completo. Donde ayer había un cruce vacío, hoy hay una escultura de 15 metros.

El segundo es la mascletá y esta es difícil de entender sin haberla vivido. Todos los días de fiesta, a las dos de la tarde en punto, en la plaza del ayuntamiento se disparan miles de petardos. Pero no es un espectáculo para mirar, es un espectáculo para sentir.

Los petardos no van al cielo a hacer colores, van al suelo y lo que producen es un ruido y vibración. Un ruido inmenso que aumenta poco a poco hasta un final ensordecedor y que se siente físicamente en el pecho y en el suelo. Miles de personas apretadas en una plaza sin taparse los oídos disfrutando de algo que dura cinco minutos y que consiste básicamente en un terremoto controlado.

Es probablemente lo más difícil de explicar de toda la fiesta, pero la gente de Valencia lo espera impaciente todo el año. El tercero es la ofrenda de flores y aquí la fiesta cambia de tono completamente. Durante dos días decenas de miles de personas vestidas con el traje tradicional valenciano desfilan por la ciudad llevando cada una un ramo de flores.

Con esos ramos se construye sobre una estructura enorme un manto para la Virgen. Mucha gente llora y es el momento más emocional de la fiesta y luego, evidentemente, llega la última noche.


El 19 de marzo ya de noche ocurre la cremà, que significa la quemada.

Todas las fallas de la ciudad arden, las 400 que mencionamos hace un momento. Una detrás de otra a lo largo de la noche hasta llegar a la mayor de todas, que es la del ayuntamiento y es la última en caer.

Imagínate el espectáculo, una ciudad de 800.000 habitantes con centenares de hogueras enormes ardiendo a la vez en sus calles, con los bomberos al lado mojando las fachadas de los edificios, evidentemente, para que no les pase nada.

Un año entero de trabajo, meses de diseño, cientos de miles de euros y arde en tan solo 20 minutos. Quizás haya una pregunta que se haga todo el mundo a la vez, más bien por primera vez cuando se oye hablar de un tema como estos. ¿Por qué no se guardan y por qué no se ponen en un museo? La respuesta de los valencianos es simplemente que si se guardaran ya no serían fallas.

La falla no es la escultura, la falla es el año entero, es reunirse con los vecinos, recaudar el dinero, elegir de qué se van a reír ese año, verla crecer en el taller, verla plantada en la calle y por último verla arder.

Lo que se quema no es solo madera, se quema el año que acaba de pasar con sus políticos, sus tonterías, en cierta manera para poder empezar otro. Y con respecto a lo de antes hay un detalle final bastante curioso.

De cada falla se salva una sola figura. La gente vota cuál merece salvarse y esa figura, sólo esa, se guarda en un museo de la ciudad. En este museo se pueden ver todas las supervivientes de las últimas décadas. Así que en cierta manera sí que se guardan un par de cosas.


De la misma manera que llevamos haciendo en muchos de los últimos episodios, vamos a cambiar completamente de escena. Pero en este caso no completamente del todo, porque nos vamos a ir a un sitio llamado Buñol, que es un pueblo a 40 kilómetros de Valencia.

Es un pueblo pequeño de unos 9.000 habitantes y está metido entre las montañas. Nos vamos al último miércoles de agosto y ese día llegan 20.000 personas, principalmente de España, pero también del resto del mundo. Estamos hablando de la tomatina.

Y la tomatina es precisamente eso. Durante una hora la gente se lanza tomates unos a otros en la calle principal del pueblo. No hay más. No hay un santo, no hay procesión, no hay tradición antigua ni ningún significado oculto. Es exactamente lo que parece.

Su origen es curioso precisamente por eso. El año fue 1945. En la plaza del pueblo se estaba celebrando un desfile con gigantes y cabezudos, como en tantas fiestas españolas, y unos jóvenes que estaban mirando decidieron meterse dentro del desfile.

Como te podrás imaginar, hubo empujones, alguien se cayó, aquello se convirtió en una pelea y como al lado había un puesto de verduras, los que estaban peleando cogieron lo que tenían más a mano y empezaron a tirarse tomates. La policía finalmente los detuvo y ahí acabó todo.

Pero no del todo, porque al año siguiente aquellos mismos jóvenes volvieron el mismo día y esta vez llevaron los tomates de casa. Ese es el origen de la tomatina, unos chavales repitiendo una pelea porque les había hecho gracia.

Durante años las autoridades intentaron impedirlo. Se prohibió varias veces, hubo detenciones y en los años 50 llegó a prohibirse del todo, pero la gente siguió haciéndolo igual hasta que hubo una protesta en el pueblo para exigir que se permitiera y al final se permitió. Así es como la fiesta se hizo famosa en el mundo entero.

A día de hoy la tomatina está organizadísima, se traen camiones con más de 100 toneladas de tomate, una variedad barata que se cultiva especialmente para eso y que no sirve ni siquiera para vender. Evidentemente hay reglas, ya que hay que aplastar el tomate con la mano antes de lanzarlo. De esta manera se rompe más fácil, impacta con menos fuerza y no hace tanto daño.

Empieza con un cohete y termina con otro exactamente una hora después. Cuando termina los bomberos sacan las mangueras, se limpian las calles con agua y en un par de horas el pueblo está impecable. De hecho queda tan impecable debido a que el ácido del tomate deja las piedras más limpias que antes.

Hay tanta gente que quiere ir que desde hace unos años hay que comprar entrada y las plazas están limitadas a unas 20.000 personas. Fíjate en el camino que ha hecho esta fiesta. Empezó siendo una pelea de chavales que la policía tuvo que separar, estuvo prohibida y hoy es una de las cosas más curiosas que los extranjeros conocen de España.


Aquí llegamos a lo que une estas dos fiestas tan distintas, porque son completamente distintas. Las fallas tienen siglos de historia, un santo, un traje tradicional, artistas profesionales, un valor artístico enorme y la tomatina tiene unos 80 años, ningún santo, ningún significado y dura tan solo una hora. Y sin embargo las dos hacen lo mismo.

Las dos crean algo para destruirlo. En un caso se construye durante un año para quemarlo en una sola noche y en el otro se cultivan 100 toneladas de tomates para aplastarlos en 60 minutos. Y en mi opinión la explicación es bastante sencilla.

Estas fiestas no son fiestas a pesar de destruir, son fiestas porque destruyen. Porque destruir juntos una vez al año con los vecinos en una fecha fija, con reglas y con permiso, puede ser una manera muy antigua de cerrar una etapa.

Se quema lo del año pasado, se ensucia una calle y se limpia y al día siguiente todo vuelve a empezar igual que estaba. Los carpinteros valencianos lo hacían con las virutas del invierno hace 300 años, los chavales de Buñol lo hicieron con unos tomates en 1945, sin saber que estaban inventando nada.

Y por eso en Valencia la falla más grande y más cara del año, la que tarda 12 meses en construirse, es siempre la última en arder. Porque el final, evidentemente, es lo mejor.


Te recuerdo, como al final de cada episodio, que el enlace para acceder a la transcripción tanto de este episodio como la de todos los episodios anteriores se encontrará en la descripción. Dentro de poco comenzaré a crear contenido extra en Patreon, contenido para profundizar más en los temas de los episodios, así como listas de vocabulario, cuestionarios, flashcards, episodios extras y mucho más.

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Esto me ayuda enormemente y hace que cada vez seamos más los que aprendemos cada semana. El episodio de hoy ha quedado un poco más largo de lo normal, o por lo menos eso pienso ahora cuando toque editarlo.