Episodio 29
¿Por qué Toledo es tan importante?
Transcripción completa · 1.702 palabras · unos 11 min de audio
Hola a todos y a todas y bienvenidos a un nuevo episodio del podcast. Hoy tengo un tema especial preparado para dar cierre a esta última serie de episodios. Como sabréis, hace dos semanas hemos hablado sobre Alfonso X y, en el siguiente episodio, hablamos sobre la traducción y la importancia que tuvo en el intercambio de ideas a lo largo de la historia.
Evidentemente, dos temas en los que España tuvo un papel muy importante, pero hay un detalle del que posiblemente no te has dado cuenta. Toledo ya ha aparecido dos veces en este podcast. La primera, en este primer episodio, hace dos semanas, donde hablábamos sobre el rey Alfonso X, donde Alfonso reunía a sus sabios.
Y la segunda vez, en el episodio de la semana pasada, como el puente por donde las ideas pasaban de una lengua a otra. En los dos casos, Toledo era la ciudad donde ocurrían las cosas. Y hoy vamos a hacer algo distinto.
Hoy la protagonista de este episodio será Toledo. Hoy vamos a hablar de por qué Toledo ha sido tan importante a lo largo de la historia, sin repetir, evidentemente, todas las cosas de las que hemos hablado en estos últimos episodios. Así que vamos a ello.
Subamos un momento a lo alto de una colina, al otro lado de un río. Desde aquí la ciudad se ve entera, apretada sobre una roca y rodeada casi por completo por el agua. Las casas de piedra parecen subir unas sobre otras hasta lo más alto y ahí, en lo más alto de la colina, se levantan una catedral enorme y una vieja fortaleza cuadrada.
No hay grúas, ni torres de cristal, ni grandes avenidas en el centro. Lo que vemos podría ser una imagen de hace 400 años perfectamente. Y, sin embargo, esta ciudad existe y se puede visitar hoy.
Es Toledo, porque su historia esconde algo muy curioso. Toledo lo fue casi todo: capital de un reino, corazón de otro, la cabeza religiosa de España durante siglos. Y, a pesar de eso, hoy la recorremos como si fuera un museo o como si fuera una ciudad detenida en el tiempo. O incluso, a veces, no le damos ni la importancia que tiene.
La pregunta de este episodio es sencilla: ¿cómo llegó a congelarse así? Y, sobre todo, ¿por qué el hecho de que Toledo se haya mantenido en el tiempo es lo que la ha hecho tan especial? Y para entenderlo todo hay que empezar por mirar el suelo.
La ciudad se levanta sobre un cerro de granito. Un cerro es una colina o un monte pequeño y, a sus pies, es decir, abajo de todo, pasa el río Tajo, el río más largo de toda la península ibérica. Un río que abastece España y Portugal.
El Tajo no pasa recto a través de la ciudad, sino que hace algo distinto. La rodea casi por completo. Forma a su alrededor una curva muy cerrada y deja a Toledo casi rodeada de agua. Esa forma no es un simple detalle bonito. Durante siglos fue una cuestión de supervivencia.
Una ciudad levantada sobre una colina y rodeada de agua es extremadamente fácil de defender y muy difícil de atacar. Quien controlaba Toledo, controlaba el centro de la península ibérica. Pero esta misma geografía, que tanto había jugado a su favor, es decir, que había hecho que Toledo fuera tan importante, tuvo un segundo efecto.
El río encierra la ciudad y no la deja crecer hacia los lados. Toledo no podía extenderse y solo podía llenarse por dentro. Por eso sus calles son tan estrechas y su forma apenas ha cambiado con los siglos. La naturaleza le puso un límite y, sin querer, ese límite acabó conservándola tal y como era.
Mucho antes de los manuscritos árabes y de los traductores, Toledo ya era una ciudad importante. Cuando el Imperio romano desapareció, un pueblo que venía del norte, los visigodos, formó un reino en la península y, cómo no, eligieron Toledo como su capital.
Durante más de un siglo, aquí se tomaron las decisiones políticas y religiosas del reino. En la ciudad se reunían también los obispos y los nobles del reino, en unos encuentros llamados los concilios de Toledo.
En uno de ellos, a finales del siglo VI, el rey visigodo, que se llamaba Recaredo, abandonó su antigua religión y adoptó el cristianismo, la misma fe que la mayoría de la gente. Fue una decisión enorme: unió al rey y a su pueblo bajo una sola religión y puso a Toledo en el centro religioso del reino.
De aquella época viene algo que durará siglos: la idea de Toledo como cabeza religiosa de la península. Después llegaron los siglos de dominio musulmán y, más tarde, la ciudad volvió a manos cristianas.
De todo aquello hablamos en los episodios anteriores, así que hoy vamos a dar un salto hacia adelante. Durante la Edad Media y durante buena parte de la época siguiente, Toledo fue el corazón de Castilla.
No era una capital fija como las de hoy, porque los reyes viajaban todo el tiempo de un lugar a otro, pero era una ciudad importante del reino, el lugar donde se celebraban las grandes ceremonias y donde la corona se sentía en casa.
Y entonces, en el año 1561, ocurrió algo que lo cambió todo. El rey Felipe II decidió trasladar su corte a un solo lugar para siempre, y ese lugar no era Toledo. Fue una población mucho más pequeña y mucho menos importante.
Felipe II decidió trasladarse a unos 70 kilómetros al norte de Toledo. Esa ciudad donde Felipe II se asentó, quizás la conozcas a día de hoy, se llama Madrid. Hemos hablado de esto en un episodio anterior también, pero los historiadores todavía discuten por qué se eligió Madrid.
Algunos hablan de su posición en el centro exacto de la península, otros de que era una ciudad sin un poder religioso tan fuerte como el de Toledo y también de que tenía muchísimo espacio libre para crecer. Podía extenderse al norte, al sur, al este o al oeste. Algo que Toledo no tenía.
No conocemos la razón exacta, pero el resultado fue muy claro. Madrid empezó a crecer sin parar y Toledo perdió su capitalidad. Perder la capitalidad podría haber sido el final de Toledo.
Muchas ciudades, sin la corte, sin el dinero o la gente que iban con ella, se habrían hundido. Toledo, en cambio, se detuvo. Es como si se pausara en el tiempo. Y casi sin querer conservó su cara medieval y renacentista, mientras Madrid se llenaba de palacios y edificios modernos.
Y justo en ese momento llegó a la ciudad una persona muy importante, un pintor. Este pintor había nacido en la isla griega de Creta y tenía un nombre tan difícil de pronunciar que en España lo llamaron simplemente el Greco. Es decir, el griego.
Y llegó a Toledo hacia 1577, pocos años después de que el rey se marchara de esta ciudad. El Greco pintó Toledo como nadie. En su Vista de Toledo, la ciudad aparece bajo un cielo de tormenta verde y fantasmal, más parecida a un sueño que a un lugar real.
Su obra más famosa es una obra que todos estudiamos en España cuando estamos en el instituto. No te aburriré con los datos, pero se llama El entierro del conde de Orgaz. Y gracias a estos cuadros sabemos qué cara tenía Toledo justo cuando dejó de cambiar.
Detenida en el tiempo, Toledo guardó también las huellas de todos los que habían pasado por ella. Pero no como una idea, sino como una piedra que todavía se puede tocar. En el centro de la ciudad se conservan las antiguas sinagogas, es decir, los templos judíos.
Una de ellas esconde una sorpresa en su propio nombre, ya que se llama Santa María la Blanca, un templo judío con nombre de iglesia cristiana. Toledo conservó también sus oficios.
Fue famosa durante siglos por su acero. Sus espadas se consideraban de las mejores de Europa y todavía hoy sus artesanos practican el damasquinado. Una técnica muy delicada que consiste en colocar finísimos hilos de oro sobre el metal oscuro para dibujar formas.
También se conservó la gastronomía, como el mazapán de Toledo, hecho de almendra y azúcar, que se come sobre todo en Navidad. Así que volvamos por última vez a lo alto de aquella colina, al otro lado del río.
La ciudad que vemos desde aquí lo tuvo todo y lo fue perdiendo. Fue capital de los visigodos y dejó de serlo. Fue la cabeza de Castilla y dejó de serlo.
Cada vez que la historia parecía a punto de darle la corona, terminaba dejándola a un lado. Y, sin embargo, por eso mismo hoy sigue ahí, casi intacta. Las ciudades que ganan cambian, borran su pasado para hacer sitio al futuro.
Y Toledo, al quedarse atrás, no tuvo que borrarse a sí misma. Es decir, su gran victoria no fue vencer, sino durar. Alfonso X buscó la eternidad en sus libros, sus traductores la buscaron en el viaje de las ideas y Toledo encontró esta eternidad sin buscarla.
El día que dejó de ser el centro del mundo fue, sin darse cuenta, el día en el que se hizo eterna.
Espero que este episodio te haya gustado y que hayas aprendido. Creo que ha sido una buena idea cerrar esta serie de episodios hablando de una ciudad tan importante para la historia de España como Toledo.
Si no te quieres perder temas como estos, te recomiendo que estés atento, ya que la semana que viene publicaré un episodio muy interesante para los que aprendemos idiomas. Un episodio que también tiene que ver con España y que dará comienzo a una nueva serie de unos 3 episodios que serán muy, muy interesantes.
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Dicho esto, yo me despido y nos veremos la semana que viene.